Por: Lic. Pedro Martínez
Miembro de Asociación de Cronistas Policiales
Asistieron 20 mil personas en el Centro Olímpico para el juego República Dominicana vs Haití. Mochilas prohibidas, acceso solo a pie, reconocimiento facial, controles en cuatro avenidas. Todo eso lo monta la Policía Nacional. Mañana, esa misma Policía será la villana en redes sociales por un video de 20 segundos.
Así vivimos.
Nos hemos acostumbrado a exigirle a la Policía dominicana el comportamiento de la policía de Suiza, pagándole el salario de un motoconchista y dándole el equipo de un sereno. El raso entra ganando poco más de veinte mil pesos para trabajar 12 horas, dormir en un destacamento sin abanico, montarse en una camioneta sin gasolina y meterse a un callejón de Capotillo a las dos de la mañana donde nadie más quiere entrar.
Y entra. Porque cuando suena el tiro, el único que va hacia el tiro es él. Todos los demás, incluidos los que lo critican en Twitter, van corriendo para el otro lado.
Duele decirlo, pero la Policía que tenemos es la Policía que esta sociedad ha producido. Es el muchacho de Blanco Arriba, de Salcedo, de Villa Tapia, que no encontró una beca, que no encontró un trabajo en zona franca y que vio en el uniforme la única forma de tener un sueldo fijo y ayudar a su madre. No viene de Harvard. Viene de donde venimos todos. Si la sociedad está violenta, impaciente y sin consecuencias, ¿por qué la Policía sería una isla de monjes?
Y sin embargo, hay un dato que no se publica. Mientras nosotros compartimos el video del abuso, la Inspectoría General sancionó y canceló a más de 1,200 policías en el último año y medio y suspendió a más de 3,500. Hay régimen de consecuencias, pero es silencioso. La Policía castiga a los suyos puertas adentro y no lo comunica. Pierde la batalla de la narrativa porque cree que hacer el trabajo basta. Y en 2026, hacer el trabajo sin contarlo es como no hacerlo.
Hoy esa Policía nos está cuidando con tecnología que ni siquiera tiene una ley que la respalde. La DICRIM cruza cámaras del 911 con reconocimiento facial, ubica pasolas robadas en Tenares en siete segundos, rastrea celulares con orden de juez y resuelve atracos con analítica de video. Lo hace sin una Ley de Inteligencia Artificial, y con un presupuesto que no alcanza para chalecos buenos. Si eso no es vocación, ¿qué es?
Claro que hay abusos. Claro que hay policías que no deben estar ahí. Pero también hay que preguntarse quién más hace ese trabajo. Cuando una mujer llama porque su pareja la está amenazando en Joba Arriba, no llama a una ONG. Cuando se pierde una niña en la loma, no llama a un influencer. Llama al 911 y espera que llegue un policía. Y ese policía llega, muchas veces tarde, muchas veces mal equipado, pero llega.
La reforma no es un discurso, está pasando. Por primera vez en sesenta años hay una formación de un año en la escuela de Hatillo, antes eran tres meses. Hay bodycams en el Distrito Nacional. Hay salario que se ha duplicado. Hay una Dirección de Asuntos de Género. Falta muchísimo, pero por primera vez hay una hoja de ruta y auditoría externa. Decir que todo sigue igual es mentir.
Defender a la Policía no es aplaudir el abuso. Es entender que no podemos tener una Policía profesional si como sociedad no le damos herramientas profesionales, salario profesional y respeto profesional. No podemos pedirles que actúen como europeos si los tratamos como desechables.
Así que hoy, antes de grabar al policía del retén para subirlo a Instagram, pregúntele cuántas horas lleva trabajando. Pregúntele cuándo fue la última vez que alguien le dijo gracias. Pregúntele si se siente seguro con lo que tiene puesto.
Si escuchamos su respuesta, quizás entendamos que la Policía dominicana no necesita solo más críticas. Necesita, por primera vez, que la veamos como lo que es: el espejo de nosotros mismos, con pocos recursos, muy atacada, pero todavía ahí, de pie, entre nosotros y el caos.




